«Avanzó más lentamente a través de un barrio de casas en ruinas y corrales resecos y, tras un recodo, se encontró con un alto arco de piedra flanqueado por dos torres almenadas bastante bien conservadas; solo la que estaba a la izquierda tenía parte del ala posterior perforada como por un cañonazo. Al pie de la otra torre había un atril metálico con un cartel con el texto muralla árabe, rayado y pintarrajeado de colores chillones. El lugar era como la entrada a un sereno e inquietante castillo. No sonaba ni un ruido.»
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«Un poco más adelante encontró el cartel que indicaba la dirección para retomar la carretera. Atravesó un par de calles adoquinadas y cruzó un nuevo arco de piedra, más pequeño que el de la entrada, con un blasón casi desdibujado por la erosión. Bajó una cuesta flanqueada de casas blancas. En la puerta de una de ellas había dos niños sucios y macilentos que dibujaban algo con tiza en el suelo y que se le quedaron mirando según pasaba.»
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«Los ladridos volvieron a sonar, esta vez más cerca.»